Aprender a ponerse en los zapatos del otro

Los niños tienen que aprender a ponerse en los zapatos del otro.

Quizás pienses que este artículo es sobre como inculcar la empatía en nuestros hijos, para que no sean crueles con sus compañeros de clase.

Pues no, este artículo es la reflexión de una madre a quien le cuesta ponerse en los zapatos de sus hijos.

 

Ayer me puse a repasar lengua con mi hijo de 7 años, ya que hoy tiene un control. Había tenido la extraescolar de natación, le dejé un rato para descansar y seguir merendando (un segundo bocadillo) a las 7 de la tarde, le dije si quería repasar y me dijo que sí, empezamos bien, hasta que llegó al abecedario y me dijo que no se lo sabía, le conté como podía memorizarlo (técnica nemotécnica) pero me dijo que no quería aprenderlo. Su actitud cambió, ya no quería estudiar, protestaba, no me hacía caso...

 

Ahora es cuando te cuento que me puse en sus zapatos, que entendí su frustración, su cansancio, que fui razonable y paciente, que acabamos de estudiar, nos dimos un beso, hice la cena y tuvimos una noche feliz. Pues no fue así.

 

Mi paciencia iba disminuyendo, mi respiración era corta y cada vez más rápida, en mi cabeza llegaban pensamientos del tipo: "con todo lo que tengo que hacer...", "vaya pérdida de tiempo", "yo también estoy cansada", el colegio, el sistema educativo español...

La emoción de frustración y enfado se hacían más fuertes, mi tono de voz aumentaba, mi músculos se tensaban y mientras mi hijo, no paraba de moverse de un lado a otro de la habitación, cogía juguetes, protestaba.

 

Hace unos años hubiera acabado todo con gritos, lloros, un gran enfado y sintiéndome culpable por mi falta de control emocional. Pero el Mindfulness me ha enseñado a parar, a tomar conciencia, a darme cuenta de mis emociones y pensamientos. Esta fue mi reacción al sentir como me encontraba.

 

Tome conciencia de mi estado, me levanté de la silla, le dije que repasara solo y que en 5 minutos iría a verle. Me fui al salón, ya había llegado mi marido y en vez de contarle lo mal que me encontraba, le sonreí me senté a su lado le pregunté que tal el día (después de su escueto "bien") comencé a centrar mi atención en mi respiración. Practiqué la técnica Stop. Y la paz volvió a mi ser.

 

Fui a la habitación, ahí estaba él, sentado, delante del escritorio mirando el libro.

Le dije: - ¿Te pregunto?

Su repuesta en tono desafiante: -No he estudiado nada, porque no sé estudiar.

 

Le dí un beso, pasamos del abecedario y seguimos con el resto del tema. Así pude ponerme en sus zapatos, espero que poco a poco el aprenda a ponerse en los míos.

 

Natalia Morano

Psicóloga y Coach.