Karate-do, el camino de la mano vacía

¿Puede la filosofía de las artes marciales ponerse en práctica en el aula?

 

De pequeña disfruté de las enseñanzas del Karate y su aportación en mi vida ha sido de gran valor. 

 

Cuando mis hijos me dijeron que querían hacer en el colegio fútbol como extraescolar, no dudé en contarles mi historia...

- ¡Mamá, quiero ir a fútbol!

- ¿A fútbol...? le contesté a mi hijo, ven que te voy a contar cómo tu abuelo me apuntó a karate.

 

Era mediados de los 80 y yo estudiaba en un colegio religioso femenino, les dije a mis padres que quería ir a ballet, mi padre me dijo que era mejor que aprendiera defensa personal y que el karate me ayudaría más, así que forzosamente tuve que ir con mi hermano a karate mientras mis amigas llevaban preciosos tutús y zapatillas rosas en sus clases de ballet.

 

A día de hoy, le estoy muy agradecida a mi padre por todas las enseñanzas que me ofreció el Karate y aún recuerdo a mi maestro Fujita y su sonrisa burlona cuando imponía disciplina.

 

Uno de los valores que aprendí fueron los saludos, antes de comenzar la clase y al terminarla, y también antes de comenzar un ejercicio concreto , se realizan saludos como ritual, con el fin de que los practicantes interioricemos los valores de cortesía y respeto por los demás. Estos saludos consisten en inclinaciones del tronco sentados o de pie, hechos en grupo o por parejas y al entrar y salir del tatami. Y por supuesto nuestro maestro nos saluda con respeto, dando ejemplo de como hacerlo.

 

Aunque lo realmente interesante es el Kumite o combate con adversario. Kumi significa encuentro y Te manos, por lo que se podría traducir como encuentro de manos. Pero es mucho más que esto, es un encuentro en el que cada practicante estimula al adversario para que se enfrente con los propios límites y los propios miedos.

 

Con la práctica del Karate-do no solo tuve un desarrollo técnico y táctico también tuve un desarrollo vivencial y de crecimiento como persona que cree en el bien común para el beneficio de la sociedad.

 

Quiero destacar cuales son los principios y objetivos comunes del Karate para el crecimiento de sus alumnos donde el respeto, la justicia, la armonía y el esfuerzo son los primordiales. 

- La Cortesía: el respeto y las buenas maneras del comportamiento.

- La Rectitud: ser capaz de tomar una decisión sin vacilar. Ser justo y objetivo en toda circunstancia.

- El Coraje: afrontar el reto de tomar decisiones.

- La Bondad: ser magnánimo, paciente y tolerante.

- El Desprendimiento: actuar desinteresadamente, sin egoísmos y generosamente.

- La Sinceridad: decir siempre la verdad, defender ésta, y ser fiel a la palabra dada.

- El Honor: aprecio y defensa de la dignidad propia.

- La Modestia: no ser soberbio ni vanidoso.

- La Lealtad: no traicionar a nadie, ni a uno mismo. Ser fiel a las propias convicciones.

- El Autodominio: tener control sobre los actos, emociones y palabras.

- La Amistad: entregarse en un todo. Saber compartir y ayudar.

- La Integridad: tratar a todos por igual, defender los principios, y ser fiel a los compromisos.

- Generosidad: dar sin pedir nada a cambio.

- Imparcialidad: emitir juicios de acuerdo a la verdad.

- Paciencia: es tolerar lo intolerable.

- Serenidad: control de los impulsos ante conflictos y dificultades.

- Autoconfianza: creer en uno mismo.

 

 

Creo que la filosofía del karate y de las artes marciales en general, son un buen referente a tener en cuenta en la formación de nuestros hijos.

 

Actualmente distintas disciplinas como la inteligencia emocional, el coaching, las inteligencias múltiples, la PNL (programación neurolingüística) etc. defienden el desarrollo integral de los alumnos.

 

 


Los beneficios de unos alumnos formados en el saber, saber hacer, saber ser y saber convivir son numerosos. Por ejemplo, el tipo de violencia emocional que se da mayoritariamente en el aula y en el patio de los centros escolares desde los primeros cursos de primaria desaparecerían, pues el respeto hacia uno mismo y hacia los demás es el mejor antídoto contra el bullying.


Natalia Morano